Tododenadie’s Weblog











{Mayo 7, 2008}   ¡¡Maldita condena!!

 ¡MALDITA CONDENA!

 

Estaba oscuro, hacía frío. La pobre niña estaba desangrándose, inspiraba pena. Tenía heridas por todo el cuerpo, le dolían, sentía como si unas afiladas espadas se le clavaran en los ojos.

Cuando el sombrío pueblo se quedó vacío después de los crímenes, nadie, incluso ni el viejo e inteligente tendero del pueblo, se atrevió a volver. Todo destruido tras los ataques, todo; ni un rastro de la humildad que allí se respiraba.

Aquel día fue raro desde sus comienzos. Había una niebla espesa, con un olor pesado, cargado, pero la gente lo vivía como si de otro día más se tratara. A las diez de la mañana, el carnicero abrió la tienda, como de costumbre, y al ir al almacén, descubrió unas pisadas de sangre que le conducían al exterior. Pensó que eran de la carne que le habían llevado hacía poco, así que las limpió y siguió trabajando. Más tarde, fue a la cámara frigorífica a por carne y descubrió algo que no era lo que le traían normalmente; estaba lleno de sangre, agujeros, cortes…era el cadáver de una niña. Él trató de ocultarlo. Sería una tarea sencilla, ya que era huérfana y no se notaría su desaparición a menos que se descubriera su cuerpo.

Esa noche se sentía mal, como si acabara de hacer algo malo, como si de verdad acabara de asesinar a esa niña. Se acostó, no durmió bien. Cuando se levantó, tenía la enorme necesidad de acabar con ese sentimiento de culpabilidad. Se suicidó.

Nada se descubrió, la vida en el pueblo continuó como normalmente. Ningún testigo de lo que había ocurrido.

Cuando el repartidor de carne vio que el carnicero había muerto y que nadie hacía nada, utilizó la tienda como matadero. Los vecinos se extrañaron del mal olor que había allí, pero no sabían que el hedor no salía de sus casas, sino de la tienda de al lado, por lo que al limpiarlas, no consiguieron nada.

El joven seguía haciendo su trabajo, asesinando a niñas y sacándoles los ojos. No se sentía mal, a lo contrario, luchaba por conseguirlo, por conseguir unos ojos que le encajasen a su hija.

La pequeña había sufrido un accidente a los cinco años que la había dejado sin vista. Era de noche y, debido a su sonambulismo, paseaba por la casa sin un rumbo fijo. En esa vieja casa en la que vivían, había una habitación muy grande, oscura, profunda, cuyo interior desprendía un fuerte olor a huevo podrido.

La puerta estaba fuertemente cerrada, pero cuando la niña la tocó, se abrió sin temor alguno para mostrar lo que en su interior escondía. Fue en ese momento cuando una fuerte luz salió directamente a los ojos de la pequeña; ésta se quedó ciega para siempre. El enorme impacto hizo que se desmayara. A raíz de ese suceso, su padre, su única familia, intentará con todas sus fuerzas encontrar unos ojos para que su hija vuelva a ver. No va a ser fácil.

En el pueblo cada vez había más inquietud, asesinatos, maldad…pero lo curioso es que ningún cuerpo se hallaba y el mal olor no había desaparecido. Los vecinos, locos por terminar con eso, decidieron desalojar todas las casas y registrarlas una a una para eliminar ese mal olor que flotaba en el aire y que no les dejaba vivir. Todo fue inútil.

Mientras tanto, en casa de la niña todo volvió a la normalidad . cuando ésta despertó, estaba en la cama y su padre se había ido a “trabajar”.

Sí, la pequeña tenía aún muy pocos años, pero a pesar de eso, tenía una inteligencia sobrenatural. No se quedó tranquila, al contrario, trató de averiguar por qué no estaba donde había quedado anoche. Volvió a aquella habitación. Esta vez no fue tan sencillo encontrarla. Llegó y tocó la puerta con sus manos, algo pasó, sintió un escalofrío que le indicaba que dentro había algo terrible de lo que ella no era consciente. Del interior sonó un suspiro, una palabra: ¡ ayuda…!, que la inquietó; cada vez tenía más ganas de descubrir lo que se escondía tras esa puerta. Ella no respondió, pero fuera lo que fuera lo que le había hablado, decidió que la niña debía entrar y le abrió la puerta. Estaba perdida, debido, sobre todo, a su enfermedad, pero también al hecho de que algo le esperaba y no sabía qué.

Entró, notó un olor familiar a pesar del hedor. Sí, era su abuelo. Llevaba encerrado allí dentro gran parte de su vida, condenado a sufrir. Era una bestia, un bicho enorme, con garras y afilados dientes deseando encontrar carne fresca y saciar su apetito. Pero no convirtió a la niña en una de sus presas. En el fondo, sabía que era sangre de su sangre y que era la única que podía ayudarle. En el suelo había huesos, huesos humanos. Eran los restos de la comida que cada día le daba su hijo. Una buena tapadera para que no se descubrieran los crímenes. Después de todo, nadie sabía de la existencia de este ser. No había nacido así, había sido condenado a vivir de esa manera porque, un día, en un arrebato de locura, mató a su mujer dejando a su hijo solo, sin madre. Éste, cuando fue haciéndose un poco mayor, le plantó cara y le echó, de alguna manera, esa maldición que se llevaría a la tumba. Lo encerró para siempre en esa habitación. Años después, nació su hija y todo empezó.

La niña, al ver ese engendro, se asustó y echó a correr, pero algo le impidió escapar. La puerta se cerró de golpe. Su abuelo estaba enfadado, llevaba una semana sin comer…intentó zamparse a la niña. La arañó, le clavó sus afilados dientes hasta llegarle a los huesos…pero, de repente, llegó su hijo, el cual le dio un enorme golpe en la cabeza. La pequeña logró huir.

Era de noche y hacía frío. La pequeña estaba desangrándose, inspiraba pena. Tenía heridas por todo el cuerpo; le dolían, sentía como si unas afiladas espadas se le clavaran en los ojos.

Una enorme pelea entre padre e hijo acababa de empezar. Rencor y fuerza hicieron que la bestia ganara la batalla. Mató a su hijo. Luego, el engendro gritó con todas sus fuerzas, dispuesto a acabar con todo aquel que se le pusiera por delante.

En primer lugar, siguió el rastro de la pequeña, que le conducía al cementerio. Todo estaba muy oscuro, lo que hizo que por un momento el engendro se perdiera. Estaba en el centro del pueblo. Como la niña no aparecía y estaba hambriento, iba comiendo a todas las personas que se encontraba, dejando todo en ruinas .

Dado que estaba maldito por su hijo, sólo existía una forma de matarlo: clavarle una estaca de hierro en el corazón, previamente bendecida, y luego prenderle fuego.

La niña tenía suerte, ya que el monstruo no podía entrar en recintos sagrados.

Un viejo amigo del abuelo de la niña, el cura del pueblo, sabía lo de la maldición, por lo que, al darse cuenta de que estaba allí, llevó a cabo el procedimiento necesario para acabar con él. Un paso en falso y el cura acabaría en la boca del engendro. Pero todo salió bien. La niña desde entonces se fue con él a otro lugar y la bestia fue enterrada.

Después de todo lo ocurrido, nadie se atrevió a volver al pueblo. Incluso hay rumores de que cada noche de luna llena, en el lugar en donde está sepultado el monstruo, la tierra tiembla y sale una luz cegadora, indicando que en la bestia, a pesar de todo, sigue habiendo vida.

La pequeña, durante años, fue una niña normal, pero creció y cuando la luna estaba llena, le ocurría algo “inexplicable”. El cura no le había dado importancia al mordisco que aquel enorme engendro le había propinado, pero…¿continuaría la maldición?

 

 

Matilda.

 

 

 

 



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